Veníamos de transitar dos caminos dispares, la lectura del libro Iconologías, nuestras idolatrías postmodernas, del sociólogo francés Michel Maffesoli, y la audición de la Sinfonía número 6 del compositor ruso Shostakovich. Del primero nos quedó la reflexión de que existían dos tipos genéricos de sociedad simbolizadas respectivamente en periodos históricos puerta (de prohibiciones y separación a ultranza entre lo privado y lo público, momentos de grandes relatos, apogeo de las ideologías y las elites, hipocresía institucionalizada) y espacios puente (mezcla y comunicación sin trabas, hedonismo hasta la saturación individualista, culto por el cuerpo, las sensaciones y las emociones). Con el atormentado músico eslavo habíamos compartido una introspección acerca de la soledad del ser humano, de la máscara que se apodera de nuestras entrañas de forma radical e inevitable. A sus tres movimientos, largo, allegro y presto, tuvimos la irreverencia de identificarlos como el espíritu de la soledad, la burlona soledad y aquelarre de soledades.
Con este bagaje a las espaldas, nos topamos en Madrid con la exposición de Monet y la abstracción, en concreto con su cuadro El puente japonés (existen varias versiones del mismo).
Detenernos ante El puente japonés nos suscitó un torrente de pensamientos. Vimos en la obra una reunión insospechada entre impresión, recuerdo y movimiento, lo que es tanto como decir presente, pasado y futuro. En otras palabras, mirada, mito y deseo.
Monet construyó un jardín, al que dejó crecer hasta su máxima exuberancia. Una vez logrado el cénit de su esplendor lo pasó al lienzo en presente riguroso. Tuvo un propósito: esperar que la artificialidad se hiciese cultura. Un jardín no es naturaleza virgen sino artificio pensado, mito de la supremacía y versatilidad del ser humano sobre la naturaleza repitiéndose a sí misma. Una vez pintada la idea en su pasado, Monet cogió el pincel y la detuvo en el arte. Su mirada es la esencia del presente, presente que sólo es mirada, un círculo que nos remite al absurdo de la existencia humana, que sin la idea, ese sedimento que no es más que pasado, recuerdo y evolución sería invivible en el dolor/placer que es el aquí y ahora (la soledad sutil y desconcertante de Shostakovich).
Monet nos invita a pasear por El puente japonés como una vivencia extrema que desborda los límites de lo pensable. La vida no es más que recuerdo, mirada y movimiento de instante a instante (Krishnamurti dixit), tránsito de eternidad a eternidad, de soledad a soledad, un diálogo entre nuestra animalidad primaria y el escaparate de nuestras finalidades sin meta posible.
Monet abre las puertas al individualismo feroz y rampante en el que hoy estamos inmersos, al presenteísmo posmoderno retratado en positivo por Maffesoli. Pero es curioso el matiz dialéctico que introduce simbolizando esa libertad de jardín en un puente, arte artificial, valga la redundancia, donde los haya, construcción humana, lugar pasajero, espacio que viene de un propósito y predio donde podrían florecer eclosiones de humanidad y comunión siquiera fuese efímera entre las soledades de Shostakovich que no hallan acomodo amable en la sinfonía abstracta del emocionalismo sin recuerdo ni porvenir del imperio global que hoy nos contiene.
El puente japonés hay que saborearlo en la soledad del otro que viene a nuestro encuentro y que nunca dejará de ser precario y conflictivo. Lo mismo da que sea cuerpo, idea o silueta. Sin el otro no hay ética; sin puente no hay estética; sin soledad radical no habría necesidad ni de puertas ni menos aún de puentes para salir o volver a ella.
Machete al anarcomacho
Hace 12 años
