martes, 11 de mayo de 2010

la tumba del faraón

Es verdad
Soy dueño de mi destino
Y por eso
No me resisto
A construir la tumba
Del faraón.
Diez mil esclavos
Bien fustigados
Bajo el sol,
mis compañeros,
no verán
el final
de esta obra poliédrica.
Puedo decir,
Sin miedo a mentir
Que estoy orgulloso de trabajar
Para mi señor.
Pago los impuestos
Para construir
Lo que yo mismo yergo.
Arrastrar mil piedras
Me supondrá
Una hernia discal.
Moriré
Por la residencia mortal
De otro ser,
Que descanse en paz.
A mi funeral asistirá
Algún adivino
Que se vanagloriará
De haber acertado
Que mi destino
Era estirar la pata.
Menudo listillo.
Mi tumba
No tendrá
Adornos
E incrustaciones
De amatistas,
diamantes
Y otras gemas.
Ni siquiera
Encerrará mi cuerpo
Un ataúd de madera.
Más bien,
Será la arena
La que cubra mi piel,
Y alguna palmera
Dará sombra a mis pies,
En definitiva, un lugar
No muy desagradable
Donde alguna plañidera
A la que mis hijos contraten
Pueda soltar si acaso una lágrima
Que parezca sincera.

Y así, todos se acordarán de Ramsés,
Y mi nombre, junto a mi sudor
Quedará evaporado
en las turbulencias
Del tiempo, del pasado.

Menos mal que para ella,
Sí fui algo.
Ella, rostro enjuto,
Era la más bella
De entre las feas.
Ella, con brazos de alabastro
En bruto,
Ella, con cabellos de estropajo,
Ella, con sus dientes putrefactos.
Ella, pobre, pero entera,
Fue la más linda de las princesas
Que rondaron estas tierras.

Y en ella muere mi anonimato.
Y en cada faraón resucita mi condición de proletario.

Es una lástima que la historia no recuerde
Que en sueños
Yo le amputaba
A Ramsés
El pene
y se lo servía
para comer
a los cocodrilos
y a las serpientes.

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