miércoles, 6 de enero de 2010

Reyes

¡Enamorados, prisioneros, indigentes
niños y niñas,
súbditos, guerreros, soledades!
¡Por fin el armisticio anhelado!
Ha llegado el amor efervescente
la libertad de una ráfaga
sacia tu hambre, revienta.
Hoy tocas el tronío almibarado
el poder corriente del agua
la paz tibia del café humeante.
¡Hagamos la guerra
con pateras de alto diseño
con inspirados himnos
con sonrosadas muñecas de trapo
con metralletas de juguete!
¡Se ha firmado una tregua!
Todos somos iguales
iguales que antes
vasallos de una quimera.

Ideología unifamiliar

Una tupida tela de araña tosca e invisible, pero efectiva y resistente a las inclemencias de la crítica, envuelve a la sociedad actual, provocando, conduciendo y, en última instancia, produciendo todo lo que consumimos: estilos de vida, gobiernos, alimentos, saber y noticias.

Se trata de un pensamiento uniforme, nunca evidente, que nos hace iguales en la diferencia virtual a través de un espejismo psicológico universal que debidamente activado elimina cualquier atisbo de respuesta colectiva. Hablamos del egoísmo, de la competitividad, del individualismo-masa que en el acto de compra se reproduce y aprecia en plenitud como consumidor omnipotente, sujeto pasivo controlado y ciudadano de la mayoría silenciosa y adaptada.

Esta red sutil podríamos desenmascararla con el apelativo de ideología unifamiliar. Hay manifestaciones de ella en estratos muy dispares. En lo inmediato, simplemente hay que dejarse caer por una de esas urbanizaciones diseminadas por cada localidad emergente que crece y crece sin topes racionales. Siguiendo a un automóvil 4x4 que sale de un garaje cualquiera observaremos que la ideología unifamiliar estaciona al lado del trabajo entre lamentos de contribuyente violado, cumple sus obligaciones laborales sin inmiscuirse en debates ajenos, al volver a casa se pasa antes por el centro comercial para adquirir una fruslería que será el capricho suntuoso a deglutir por la noche, encargará un tablón de madera sueca de marca en la tienda de bricolage ya veremos para qué y, por fin, llegará al chalet cercado donde sus pequeños chatearán vía msn con un cooperante blanco destinado en Burundi mientras su marido/mujer en la cocina último modelo estará preparando una cena baja en calorías para mantener la inteligencia a raya ante posibles contaminaciones que den al traste con su nido de bienestar particular e hipotecado. En este modelo de domicilio privado, cualquier idea que contenga una pregunta no contemplada en la memoria ram está vedada por la razón de estado, lo raro es marginal, lo marginal es minoría, y las minorías son cosas de antropólogos locos o competencia del ministerio del interior. Una primera característica de la ideología unifamiliar es su endogamia lógicoformal y tautológica, A es A y B es B, A somos nosotros, nosotros no somos B. En su microuniverso digital, ver más allá del yo y la tierra de nadie por urbanizar es ciencia ficción o un documental curioso de La 2 o de la BBC.

Saliendo del recinto de la urbanización residencial, la ideología unifamiliar también germina en ámbitos políticos. La erupción de nacionalismos a la carta es una vertiente moderna de esa ideología peculiar que forma clubes con etiquetas diversas e inocuas, naciones, nacionalidades, comunidades autónomas, corporativismos, colores, banderas, religiones, acentos, gimnasios selectos, colegios privados, equipos de fútbol… Estos clubes apagan nuestra sed de gregarismo al tiempo que nos evitan la soledad de la opulencia, y nos distinguen del otro a la vez que nos permiten sentirnos socialmente incluidos en la horma del mundo global. Se trata de un escalón superior de la ideología unifamiliar, un viaje necesario desde el confort hogareño al teatro de calle predeterminado y previsible, donde los conflictos reales se dirimen y se solapan mediante disputas programadas entre actores que comparten la misma ideología unifamiliar del individualismo encerrado entre las cuatro paredes del edificio capitalista: chalet, coche, vacaciones y educación concertada o privada. Segunda característica de la ideología unifamiliar, vivimos en una sociedad sin clases, en la mejor de las sociedades posibles, el campo de juego son las urnas, entre consulta y consulta, mucha queja de salón, mucha democracia parlamentaria y más consumo privado.

Ética, dignidad y conciencia
En nuestro rápido recorrido por la ideología unifamiliar hemos transitado por sus manifestaciones más externas y obvias, la vivienda conformadora de pautas férreas de conducta y la calle como medio de comunicación y autoafirmación social del yo consumidor de la cultura mayoritaria y uniforme de nuestros días. Queremos ensayar un paso adelante, adentrarnos en la conciencia, ese intangible tan colonizado por intereses culturales no explícitos. Marvin Harris escribió hace ya varias décadas que “la ignorancia, el miedo y el conflicto son los elementos básicos de la conciencia cotidiana.” Para el asunto que nos ocupa, las preguntas a las que deberíamos responder serían, ¿qué ignora la ideología unifamiliar?, ¿de qué tiene miedo?, ¿por qué evita el conflicto? Y quizá una más, ¿dónde reside la dignidad de la ideología unifamiliar?

Lancémonos a las aguas cenagosas de pensar por nosotros mismos…

Es difícil hablar de la ignorancia en la autodenominada sociedad del conocimiento en que vivimos. Sin embargo, lo primero que salta a la vista es que la ideología unifamiliar no sabe que existe como tal, es ignorante de sí misma. Su ausencia de cuerpo ideológico coherente la suple con movimiento constante y acumulación de materialismo visible para sus entornos más próximos: vecinos, familiares, amistades.

Por lo que se refiere a sus miedos, la nota más destacable estriba en que el pánico es el elemento constitutivo de su ser. La ideología unifamiliar tiene miedo en su cuarto de estar, sale con miedo a la plaza mayor, trabaja con miedo al despido y vive su miedo inescrutable porque no tiene conciencia de sí como sujeto coprotagonista y cocreador de la sociedad que habita. La ideología unifamiliar ha tenido que inventarse un otro difuso para otorgarse carta de naturaleza real. Ese otro es un merodeador de sus propiedades legales, la propiedad es su refugio ideológico. Desde este nicho mío es-tuyo no, cualquier asesinato será sancionado como legítimo y en defensa propia.

A priori es mucho más fácil responder a las razones que llevan a la ideología unifamiliar a eludir los conflictos sociales. Ignorancia y miedo abonan el terreno. Su campo de actuación no es lo público, lo público no forma parte de sus querencias, lo público es cosa de políticas para inadaptados. La ideología unifamiliar vive al día, consumir es su proyecto vital.

Cabría pensar que en ese reducto de dignidad donde la ética libra sus batallas más personales, la conciencia, alguna luz roja o quizás verde debiera encenderse para decirnos algo al respecto, pero resulta que la dignidad es una entelequia sometida a tantas presiones que su única salida a día de hoy es la del grito desgarrado o la de la solidaridad de palabra o la de la obra caritativa (o el racismo o el atrincheramiento burgués o las veleidades fascistas). Son los escapes de dignidad bienpensante o acorralada por los cuales la ideología unifamiliar excreta las inmundicias de sus conciencias para no pagar peaje político ni moral en el mundo globalizado que están construyendo en nuestro nombre las elites y acatamos todos con disciplina castrense humanitaria.

Occidentales clase media, jerarcas religiosos, castas autocráticas… Todos somos ideología unifamiliar o nos estamos preparando para ingresar en ella, mientas asistimos en riguroso directo al culebrón cotidiano de las pateras que naufragan, de las guerras posimperialistas, y de dioses, yahvés y alás protectores del inmovilismo… El pensamiento único bipartidista, los sindicatos gestores y los medios alternativos de fachada cultural nos están adoctrinando en la política inocente de la reivindicación fragmentaria; las respuestas totales se derivan a la cloaca.

Escapar de la telaraña urdida por la ideología unifamiliar requiere hacerse preguntas y ensayar respuestas colectivas en voz alta. Manifestarse contra la invasión de Iraq estuvo bien, pero no es suficiente. Promulgar una ley a favor de los matrimonios entre homosexuales es correcto, pero hay más. Firmar acuerdos por arriba sobre empleo entre empresarios y sindicatos puede no perjudicar a los trabajadores, pero los beneficios siguen intocables para los de siempre y subvencionados con el dinero público de todos. Con objetivos pequeños, reivindicaciones tímidas y políticas coyunturales, la ideología unifamiliar echará raíces profundas en el siglo XXI, ¿esto es lo que queremos?

lunes, 4 de enero de 2010

La voz de Gaia

“Oh tú, humano, dime, ¿por qué te rebelas contra mi divinidad?

¡Yo, Gaia, que después del Caos me fui construyendo pensando en tu venida!

¡Yo, que parí el Cielo para darte un techo de luces misteriosas!

¡Yo, que extendí los mares desde mis propias entrañas para que conquistaras el mundo!

¡Yo, que hice el Tiempo para que soñaras con el amanecer, te solazaras a la orilla del crepúsculo y subieras a la noche con la suavidad de una promesa!

¡Oh! ¿Qué mal te he causado?

¿No ves mi sangre derramada?

¿Eres incapaz de sentir mi profundo dolor?

¡Oh, humano, sin ti derivo desamparada, mas contigo que sola voy!

¡Triste destino el mío, dar vueltas para nada o caer en la sima del olvido!”

La opinión pública y el sentido común

Se pretende que el sentido común sea el precipitado histórico de una forma de ser de un colectivo dado. Así, se puede hablar de la idiosincrasia inmutable de los españoles, los musulmanes, los gitanos o categorías similares. El sentido común generaliza y no atiende a matices. Inventa valores esenciales e incontrovertibles. Se expresa en las tradiciones ancestrales de un pueblo originario pretérito.

Por su parte, la opinión pública se mueve dentro del sentido común vinculándose de manera estrecha con el estado de ánimo de ese colectivo al que hemos hecho alusión antes. Se trata de un concepto mucho más restringido, movedizo y puntual. La opinión pública cambia en función de los avatares de la actualidad, si bien su extensión es igualmente vasta y encubridora de las sensibilidades particulares de la sociedad a la que se refiera. Maneja a distancia ítems de mutación previsible. Su modus operandi siempre viaja en la modernidad autorreferente y sin atributos.

Ambos conceptos son poderosos instrumentos políticos e ideológicos del poder establecido en las democracias dirigidas capitalistas para interpretar a su conveniencia el pulso vital de sus administrados o ciudadanos.

Mediante el sentido común se reduce la sociedad a un único palpitar colectivo, creando un falso consenso entre las diversas inquietudes y clases sociales. Aquellos que se salen del sentido común son tachados de antipatriotas, radicales o extremistas. Fuera del sentido común sobreviven las minorías librepensadoras, étnicas, inmigrantes o irreductibles de diferente tipo.

A través de la opinión pública, debidamente manipulada por los medios de comunicación, se introduce pensamiento en la masa amorfa, destilándose un sucedáneo edulcorado de democracia directa casi instantáneo: una especie de colacao con ínfulas pseudocientíficas. Los que no entran en esta estadística se sitúan ipso facto en las cunetas del tiempo real. Son los marginados, delincuentes, locos y contestatarios del sistema imperante.

Sentido común y opinión pública son los principales dispositivos de control social de la ciudadanía. Constantemente se alude a ellos por parte de las distintas elites como justificación inapelable de sus derivas políticas, ideológicas y sociales.

El sentido común, por su composición intrínseca, es el recurso más blandido por la derecha, mientras que la opinión pública, quizá de menor contenido ideológico, es el instrumento preferido tanto por la izquierda socialdemócrata como por las derechas en sus distintas versiones. El sindicalismo de gestión también utiliza las dos estrategias para atenuar o desactivar a sus cuadros y afiliados más combativos.

Merece la pena resaltar que contra el sentido común se peca por exceso de idealismo y contra la opinión pública por defecto de posibilismo. Eso dicen las elites, esto es, aquellos que no precisan el sentido común ni la opinión pública para poder ser ellos mismos, dar sentido a sus vidas y tener opinión propia. Resulta curioso observar como las elites no forman parte del sentido común ni de la opinión pública: son ellas quienes las conforman para seguir instaladas sine die en su pedestal de privilegio.

En definitiva, el sentido común mata de cuajo la libertad de expresión porque hay que ser lo que se es, y la opinión pública asesina con alevosía sorda el diálogo entre intereses dispares. Ambos conceptos quieren lo uno e indivisible por encima de la pluralidad existente y de la creatividad espontánea.

La dictadura ideológica en que vivimos es producto directo del sentido común y de la opinión pública. Ir contra ambas es derribar la derrota unívoca y unidireccional de la globalización en marcha. Por tanto, bienvenidos sean los gritos autónomos de Chávez, Morales, Correa, Cuba, Eduardo Galeano, Noam Chomsky, Naomi Klein, el feminismo, Vía Campesina, la altermundialización y de la rebelión personal y local en cada rincón del planeta que se realiza durante la cotidianeidad del día a día. Cada grito contracorriente es un golpe, por pequeño que sea, a la explotación del trabajo y la colonización de las mentes, a las guerras humanitarias y al terrorismo de Estado, por la igualdad y el laicismo. Por cada grito público supura una injusticia del sistema capitalista. Gritar es la ética primaria del que no se resigna a consumirse en su mismisidad narcisista.

CASANDRA

-Troya caerá

Los hombres no hicieron caso. Paladines, soldados, lugartenientes, todos estaban imbuidos en la configuración de la estrategia que seguirían en la lucha contra los aqueos. El dios había castigado a la sacerdotisa: nadie daría por ciertas sus palabras, jamás.

“¿Y quién se extraña de ello?-pensaba Casandra-Yo, iluminada por los dioses, hago profecías, leo el futuro en las estrellas. Si, de algún modo, alguien llegara a creer mis palabras; si los troyanos dieran crédito a mis predicciones fatalistas sobre el fin de Troya, es seguro que pondrían todo su esfuerzo en evitar tal desastre. De este modo, mis augurios se considerarían falsos, pues yo habría anunciado la muerte y los hombres, habiendo creído mis palabras, habrían evitado tal muerte, convirtiendo en falsas mis palabras. Así, yo, Casandra, quedaría como mentirosa. Si Troya permanece en pie, no seré más que una charlatana tremendista.”

-Troya caerá-repetía con cansina seguridad

domingo, 3 de enero de 2010

Ecovitalismo

Leer el poema La lista de lo necesario, de Bertolt Brecht.

No matar el tiempo: autogestionarlo. Caminar hasta el horizonte para volver al principio: escribir un relato del viaje. Escuchar el silencio con los ojos abiertos. Acariciar las sonrisas que no se venden. Cultivar la amistad con nuestras propias manos. Disolver la personalidad en el viento. Besar el agua y dejarla correr. Detenerse un instante: llenarse de alrededores.

Colmar el espacio de voces y miradas colectivas. Editar las sinfonías en el disco duro de la memoria. Seguir adelante con los pies desnudos. Dar sentido a cada paso; sentirse un momento del universo. No humanizar la materia sino vivirla en su misterio; no cosificar las emociones ni los sentimientos. Aprender de cada historia; hacer historia sin pretensiones vanas. Acomodarse bajo la sombra de un árbol.

Respirar profundo hasta tocar fondo. Echar un envite al aire. Perder el aliento: renovarse. No dejarse llevar por la sed: beber lo justo. Participar de la mesa común: no construir alambradas de egoísmo.

Piensa que nada es tuyo, que nada es de nadie, que nadie tiene derechos naturales sobre nada. Destruye con palabras los gritos de guerra. Nunca te calles si tienes algo que decir.

sábado, 2 de enero de 2010

Gritos ahogados, islas desiertas

El trabajo en precario
La tigresa: el macho látigo
El consumo esquizofrenia

La bomba solitaria
La cristiana absolución de los pecados
El inmigrante fuera de sí

El niño jugando a la guerra
La adolescencia creando héroes virtuales
El adulto llegando a ser propietario

El pobre al morir de todo
El dinero riéndose a carcajadas
La opulencia asesinando por nada

El tiempo mudo
La sociedad callada
El mundo mirando a otro lado

Nadie, inmensidades
Islas desiertas abarrotadas
Gritos convertidos en arte

Partículas mecidas por el viento
Existencias mercancía
Vidas transformadas en residuos reciclables