lunes, 4 de enero de 2010

La opinión pública y el sentido común

Se pretende que el sentido común sea el precipitado histórico de una forma de ser de un colectivo dado. Así, se puede hablar de la idiosincrasia inmutable de los españoles, los musulmanes, los gitanos o categorías similares. El sentido común generaliza y no atiende a matices. Inventa valores esenciales e incontrovertibles. Se expresa en las tradiciones ancestrales de un pueblo originario pretérito.

Por su parte, la opinión pública se mueve dentro del sentido común vinculándose de manera estrecha con el estado de ánimo de ese colectivo al que hemos hecho alusión antes. Se trata de un concepto mucho más restringido, movedizo y puntual. La opinión pública cambia en función de los avatares de la actualidad, si bien su extensión es igualmente vasta y encubridora de las sensibilidades particulares de la sociedad a la que se refiera. Maneja a distancia ítems de mutación previsible. Su modus operandi siempre viaja en la modernidad autorreferente y sin atributos.

Ambos conceptos son poderosos instrumentos políticos e ideológicos del poder establecido en las democracias dirigidas capitalistas para interpretar a su conveniencia el pulso vital de sus administrados o ciudadanos.

Mediante el sentido común se reduce la sociedad a un único palpitar colectivo, creando un falso consenso entre las diversas inquietudes y clases sociales. Aquellos que se salen del sentido común son tachados de antipatriotas, radicales o extremistas. Fuera del sentido común sobreviven las minorías librepensadoras, étnicas, inmigrantes o irreductibles de diferente tipo.

A través de la opinión pública, debidamente manipulada por los medios de comunicación, se introduce pensamiento en la masa amorfa, destilándose un sucedáneo edulcorado de democracia directa casi instantáneo: una especie de colacao con ínfulas pseudocientíficas. Los que no entran en esta estadística se sitúan ipso facto en las cunetas del tiempo real. Son los marginados, delincuentes, locos y contestatarios del sistema imperante.

Sentido común y opinión pública son los principales dispositivos de control social de la ciudadanía. Constantemente se alude a ellos por parte de las distintas elites como justificación inapelable de sus derivas políticas, ideológicas y sociales.

El sentido común, por su composición intrínseca, es el recurso más blandido por la derecha, mientras que la opinión pública, quizá de menor contenido ideológico, es el instrumento preferido tanto por la izquierda socialdemócrata como por las derechas en sus distintas versiones. El sindicalismo de gestión también utiliza las dos estrategias para atenuar o desactivar a sus cuadros y afiliados más combativos.

Merece la pena resaltar que contra el sentido común se peca por exceso de idealismo y contra la opinión pública por defecto de posibilismo. Eso dicen las elites, esto es, aquellos que no precisan el sentido común ni la opinión pública para poder ser ellos mismos, dar sentido a sus vidas y tener opinión propia. Resulta curioso observar como las elites no forman parte del sentido común ni de la opinión pública: son ellas quienes las conforman para seguir instaladas sine die en su pedestal de privilegio.

En definitiva, el sentido común mata de cuajo la libertad de expresión porque hay que ser lo que se es, y la opinión pública asesina con alevosía sorda el diálogo entre intereses dispares. Ambos conceptos quieren lo uno e indivisible por encima de la pluralidad existente y de la creatividad espontánea.

La dictadura ideológica en que vivimos es producto directo del sentido común y de la opinión pública. Ir contra ambas es derribar la derrota unívoca y unidireccional de la globalización en marcha. Por tanto, bienvenidos sean los gritos autónomos de Chávez, Morales, Correa, Cuba, Eduardo Galeano, Noam Chomsky, Naomi Klein, el feminismo, Vía Campesina, la altermundialización y de la rebelión personal y local en cada rincón del planeta que se realiza durante la cotidianeidad del día a día. Cada grito contracorriente es un golpe, por pequeño que sea, a la explotación del trabajo y la colonización de las mentes, a las guerras humanitarias y al terrorismo de Estado, por la igualdad y el laicismo. Por cada grito público supura una injusticia del sistema capitalista. Gritar es la ética primaria del que no se resigna a consumirse en su mismisidad narcisista.

No hay comentarios:

Publicar un comentario