viernes, 8 de enero de 2010

La igualdad hay que trabajarla

El tiempo no tiene sexo, el trabajo tampoco
El tiempo es igual para todo el mundo.

Tener tiempo para la familia, la vida personal y el trabajo es un derecho que nos hace más iguales.

No hay trabajos de hombres ni trabajos para mujeres.

El trabajo es un derecho constitucional. Lo dice el Estatuto de los Trabajadores. Lo proclama la Unión Europea. Y también lo recoge la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Quien desconoce sus derechos fundamentales no sabe lo que se pierde.

Si no exiges que tus derechos se cumplan, la igualdad se convierte en papel mojado, o sea, en un instrumento de opresión.

Corta las discriminaciones, conecta la igualdad
Hay discriminaciones que saltan a la vista. Por razón de sexo. Por cuestiones de edad. Basadas en la fuerza bruta. Distinguiendo por discapacidades. Atendiendo al color de la piel. Son discriminaciones prohibidas legalmente.

También existen discriminaciones que no se ven en una mirada superficial. Que la mujer se dedique porque sí a los hijos, a los mayores y a las tareas domésticas. Que pidan una estatura mínima para acceder a un oficio o profesión. Que soliciten estudios universitarios para barrer las calles. Que establezcan años de experiencia para conseguir el primer empleo. Se trata de discriminaciones que debemos observar con lupa y denunciar públicamente.

Todas las desigualdades que se disfrazan de igualdad formal provocan desventajas particulares para algunos grupos de personas. Siempre hay que tener encendida la luz roja de alerta cuando la igualdad está en juego.




Garantizar la igualdad, negociar colectivamente
La igualdad es ley, pero entre la igualdad legal y la igualdad real hay un vacío de grandes proporciones.

Entre una y otra realidad se interpone la cultura, eso que va con nosotros y nos lleva sin palabras a lo que está bien visto y a lo que no puede ser.

Por ejemplo, la mayoría pensamos sin reflexionar que conciliar la vida laboral, privada y familiar es una cuestión de mujeres en exclusiva. No es cierto. Podemos conciliar todos y todas. Todas y todos debemos conciliar si así lo queremos y necesitamos. Hablamos en primera persona del plural. Nosotras y nosotros. Hemos de negociar colectivamente lo que es un derecho de todas y todos.

Trabajadores y trabajadoras hemos de reivindicar en nuestros convenios la conciliación como un derecho inalienable. Con firmeza. Garantizando la igualdad de trato y oportunidades.

Con planes de igualdad, la conciliación es posible
La Ley de Igualdad obliga a las empresas de más de 250 trabajadores/as a desarrollar Planes de Igualdad específicos en diálogo con los representantes sindicales.

Todas las empresas habrán de contemplar Planes de Igualdad efectivos y velar por su estricto cumplimiento, incluyendo acciones positivas tendentes a erradicar situaciones de desigualdad y medidas concretas (excedencias, reducciones de jornada, permisos y licencias) para hacer de la conciliación laboral, personal y familiar una vía expedita y segura hacia la igualdad universal sin excepciones.

Conciliando sin prejuicios, seremos más iguales por convicción.

Construyendo la igualdad, ganamos en libertad
La igualdad se renueva cada día. Colectivamente.

No existen discriminaciones neutrales. Todas las discriminaciones rompen la igualdad.

La maternidad nunca puede ser motivo ni causa de discriminaciones tácitas o expresas. Ser mujer es un hecho biológico. Padecer de próstata también lo es. La igualdad admite diferencias no discriminatorias.

Todas las decisiones unilaterales del empresario que impliquen discriminaciones directas o indirectas son ilegales.

La negociación entre trabajadores/as y empresarios es el trayecto más democrático para llegar a la igualdad.

Conciliar es voluntario. La voluntad, el tiempo, la necesidad y el trabajo no tienen sexo. Si has de conciliar, hazlo en igualdad de condiciones. Lucha por ello. Reivindiquemos juntos.

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