Goya es la estrella indiscutible del Museo del Prado, estando representado su arte pictórico con más de cien cuadros. El pintor aragonés, admirador de Velázquez, es pasión salvaje y exaltación ilimitada. Caprichos, disparates, desastres, horrores, crónica gráfica, todo ello es Goya. Y no se agota ahí, ni mucho menos. Su agreste personalidad llenó abruptamente el siglo XVIII, época del Romanticismo. Padre del expresionismo, gran aficionado a la fiesta nacional y enamorado de las mujeres, la biografía de Goya es un auténtico acto de rebeldía.
El devenir de Francisco de Goya y Lucientes, ya desde su nacimiento en la localidad aragonesa de Fuendetodos en 1746, está marcado por la inquietud, la búsqueda y el hallazgo, siempre sorteando fronteras propias y llegando a espacios no habitados todavía por nadie.
De la ruralidad de Fuendetodos se traslada con su familia a Zaragoza, ciudad en la que conoce al que sería más tarde su amigo del alma Martín Zapater en las Escuelas Pías y entra como aprendiz en el taller de José Luzán.
Su carácter indómito y pendenciero le arrastra de trifulca en trifulca, y en una de éstas tres hombres resultan muertos. Ante la posibilidad de verse involucrado huye a Madrid. Se presenta a concursos pictóricos -sin éxito-, asiste a corridas de toros, da largos paseos y se aficiona a las buenas mozas. Vive su ardor veinteañero con intensidad, pero el dinero se acaba. Madrid es escenario de varios acontecimientos sangrientos y Esquilache, ministro siciliano de Carlos III, el rey alcalde, quiere imponer un mes de cárcel a aquellos que osen utilizar capa larga y sombrero ancho. El motín contra las medidas del ministro termina con la carrera política de éste.
El Goya testarudo que nos han trasmitido los historiadores continúa su senda vital de hacerse a sí mismo. Se va a Italia, tras otra greña, quizás producto de la leyenda, y copia a los maestros italianos, participa en un concurso y la fortuna no le sonríe. Se enamora perdidamente de una muchacha, y por ella, para rescatarla de un convento intenta raptarla, episodio que da con su humanidad en la cárcel. Es expulsado de Roma y siente el sabor del fracaso a los 25 años.
Con la amargura en las entrañas regresa a Zaragoza en 1771, consiguiendo ser profeta en su tierra, después de cinco años de duro trabajo. Decide casarse con Josefina Bayeu, hermana de Francisco, pintor de moda, y Ramón, medalla de oro de la Real Academia de San Fernando.
A los 30 años, Madrid le otorga la oportunidad que estaba esperando: entra como obrador en la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara con un sueldo de 8.000 reales anuales. Adquiere disciplina y toma contacto con el pueblo llano, realizando cartones y tapices de temática popular: "La cometa", "El girasol", "Los jugadores de cartas", "Las lavanderas", "La vendimia", "Los zancos", "El pelele", "La gallina ciega", "El albañil herido", "Los pobres de la fuente"...
Carlos III le recibe en audiencia en 1779 y entra a formar parte de la Academia de San Fernando. Surgen algunas diferencias profesionales con su cuñado Francisco, datando de estos años la pintura realizada para el altar mayor de la iglesia de San Francisco el Grande, "San Bernardino de Siena predicando", que gozó de amplia aceptación por parte del público.
Por entonces, toma contacto con la crema intelectual de la Ilustración: Campomanes, Jovellanos, Cea Bermúdez y el banquero Cabarrús que le introduce en el ámbito de influencia de la Duquesa de Osuna. Le llueven los encargos para casas privadas, compra caballos, no se resiste a la tentación de un coche y manda edificar una casa a la vera del río Manzanares.
Entre las duquesas de Osuna y de Alba, cabezas de círculos irreconciliables, opta por el territorio de la segunda, con la que "todo Madrid" sabe que tiene amoríos secretos, aunque los más aseguran ser fruto de la leyenda que ha acompañado a la figura del pintor aragonés durante su larga y prolífica existencia.
Retrata a Rosario Fernández, La Tirana, protegida de Cayetana de Alba, a su amigo Martín Zapater, a su cuñado Francisco Bayeu y en 1789 culmina una etapa al ser nombrado pintor de cámara del rey.
Nos movemos en un momento histórico convulso, frente a la frivolidad de Carlos IV comienza a levantarse el huracán de la Revolución francesa. La personalidad de Godoy, o su falta de ella, invade el teatro político español. Goya aprende los rudimentos del idioma francés y se entrega a la lectura de la Enciclopedia. Retratos palatinos de María Luisa de Parma, Godoy, Marqués de San Adrián y Conde de Fernán-Núñez son parte de su producción con "La pradera de San Isidro".
El estilo "goyesco", verbenero, anticonvencional e independiente, se va abriendo paso poco a poco.
Silencio creador
Cuando en 1793 su salud se resquebraja y le sobreviene una sordera irreversible, los avatares del destino desconocían que tal vez a causa de ese silencio impuesto, Goya iba a sacar a relucir todo su genio superándose en el infortunio hasta ser considerado el creador de la pintura moderna.
Treinta y cinco años hasta la muerte encerrado en su mundo, pero con los otros cuatro sentidos más abiertos si cabe al entorno y a su interior más profundo. Salen de sus pinceles, entre otras obras, caretas, grupos heterogéneos, contornos deformados, "El entierro de la sardina", "La procesión de Viernes Santo", "La Corrida", "Casas de locos" y cuadros de asunto religioso, "La comunión de San José de Calasanz" y "La anunciación".
Con 49 años cumplidos es elegido director de la Real Academia de San Fernando, en sustitución de su cuñado Francisco Bayeu, fallecido, dimitiendo dos años más tarde por motivos de salud.
Pinta los frescos de la ermita de San Antonio de la Florida, donde yacen sus restos mortales y en el periodo de 1794 a 1799 realiza los grabados conocidos como "Caprichos", que versan sobre el hombre y sus miserias. Ochenta láminas de índole satírica, en la que destaca sobremanera la titulada "El sueño de la razón produce monstruos".
Un año antes de comenzar la serie de los "Caprichos" las ideas de libertad, fraternidad y solidaridad de la Revolución francesa pasan por la guillotina a Luis XVI. Goya se posiciona, con los llamados "ilustrados", contra la beligerancia activa antifrancesa. Napoleón empieza a dar que hablar y en el ámbito doméstico Carlos IV abdica en su hijo Fernando VII, el Deseado.
Pero el empuje napoleónico traspasa los Pirineos e impone a su hermano José, bautizado por el gracejo de la calle con el apodo de Pepe Botella, como rey de los españoles. Con anterioridad a la entronización bonapartista, concretamente el 2 de Mayo de 1808, el pueblo madrileño se revuelve con furia contra el invasor extranjero y Goya acude presto y se erige en cronista inestimable de la desigual y encarnizada batalla, registrando los acontecimientos en sus célebres cuadros "Los fusilamientos", "El 2 de Mayo en la Puerta del Sol", "La carga de los mamelucos" y "El asalto al Parque de Monteleón".
"Los fusilamientos" es una obra fechada en 1814 y participan distintos expertos en señalarla como el principio del movimiento expresionista. Los rostros de los fusilados fueran tomados en bocetos al natural.
¿En qué lado de la contienda se encuentra Goya? Con 62 años de edad, y sordo absoluto, se dedica a vivir. Pinta a José Bonaparte y recibe la Legión de Honor francesa, de la que no hizo uso jamás. Su alma está dividida entre el heroísmo del pueblo y las ideas renovadoras que llegan de Francia, como tantos otros insignes contemporáneos suyos.
Francisco de Goya también retrató a Wellington, jefe de la expedición inglesa que vino a auxiliar a las tropas españolas, y cuentan que ante las opiniones vertidas por el inglés acerca del dudoso gusto del cuadro, Goya esgrimió una pistola que por los pelos no acabó con la vida del militar. Goya, aun sordo y enfermo, mantenía a prueba de bomba una ira siempre dispuesta a desbordarse, al igual que su innegable destreza artística.
La lucha sin cuartel entre franceses y españoles tuvo su reflejo en las estampas denominadas genéricamente "Los desastres de la guerra" ("Montón de cadáveres", "Mujeres acometiendo a los franceses", "No hay remedio" y "¿Por qué?", son algunas de ellas.)
Concluida la conflagración, Fernando VII vuelve al trono y restablece el poder absolutista. Corren malos tiempos para los liberales y para Goya, que se retira a la Quinta del Sordo para decorar sus muros con las estremecedoras "Pinturas negras", entre las que citamos como más relevantes, "El aquelarre", "Dos viejos comiendo sopas", "Perro enterrado en la arena" y "Saturno devorando a su hijo". En la actualidad pueden admirarse en el Museo del Prado, después de separarlas de las paredes y colocarlas sobre tela.
Otra serie de 22 aguafuertes, "Disparates", también entran dentro de lo mejor de su producción (de miedo, de volar, de carnaval, de la bestia, etc.).
Igualmente realizó 40 grabados sobre el tema común de la "Tauromaquia", fiesta a la que fue aficionado de pro, pudiendo reseñarse sin prejuzgar la calidad de los no mencionados, "El famoso Martincho poniendo banderillas al quiebro", "Echan perros al toro", "Caída de un picador", "Pepe-Hillo haciendo un recorte a toro pasado" y "Banderillas de fuego".
Mientras tanto, la historia de España iba y venía sin solución de continuidad. Fernando VII acepta la Constitución liberal de Cádiz y Goya muestra su alborozo a través de la lámina conmemorativa del suceso ¡Divina Razón, no dejes uno!" y en 1823 los franceses y sus "100.000 hijos de San Luis" retrotraen el devenir patrio al absolutismo más abominable, con represión indiscriminada de liberales de todo signo. Goya pinta "El garrote" (Lille, Francia), en referencia a la pena de muerte, y un aguafuerte titulado "El agarrotado".
El pintor aragonés cae en desgracia y ya no cuenta entre los preferidos de la época. Graba litografías, "Monje encapuchado", "Escena infernal", "El duelo" y otras, y parte al exilio de Burdeos. De sus años de extrañamiento son los cuadros "La lechera de Burdeos" y "Los toros de Burdeos", y las litografías "El dromedario" y "El tigre". Muere en 1828 y sus restos son exhumados y trasladados a Madrid 60 años después. Restos que aparecieron sin calavera, desconociéndose la razón de la ausencia, aunque leyendas haylas para todos los gustos.
ÉTICA Y ESTÉTICA
La obra de Goya es de una densidad y variedad digna de elogio. Sus toros, su rostro, su rúbrica son reconocidos en el mundo entero, más allá de los entendidos, como lo prueba el hecho de las colas interminables que se produjeron en 1996 para celebrar los dos siglos y medio que han transcurrido desde su nacimiento. Con los ambientes populares de verbena penetró en la idiosincrasia sin tapujos del pueblo, pueblo que retrató como el mejor de los redactores gráficos en los documentos recogidos a pie de calle durante los días 2 de Mayo y subsiguientes de 1808. Sin embargo, al gran público se le han quedado para siempre en la retina dos de sus obras de menor enjundia, las dos majas, la desnuda y la vestida, ambas, según la leyenda extendida por voces anónimas de dudoso crédito, retratos de la Duquesa de Alba. Pero uno de los hitos en los que el genio de Goya se advierte de modo más exacerbado es en la composición "La familia de Carlos IV", combinando sus pinceladas a base de compromiso ético y belleza plástica, dos ingredientes que no se llevan tan bien como parece a primera impresión.