Esta democracia nuestra tiene un tope evidente por arriba (un reflejo que viaja hacia abajo y se expande como una metástasis por todo el suelo político hasta el reciente abrazo ramplón y populista del Sr. Borbón y el inefable Ferrarito Alonso), más allá del Rey nada hay que hacer. Franco lo eligió a dedo y nuestros padres constitucionales, vía consenso al margen de la sociedad, lo elevaron a las alturas inexpugnables de la primera magistratura de la España democráticoliberal, hurtando el debate sobre la forma de Estado más apropiada para la nueva etapa posfranquista. Desde entonces, acallados a golpe de referéndum ad hoc, los habitantes del ruedo ibérico nos hemos tragado tal imposición porque sí hasta llegar a la estulticia más inaudita pronunciada hace un par de años por el otrora insigne adalid del comunismo patrio Santiago Carrillo, hoy vocero bien remunerado en honores y prebendas laudatorias por sus sabias opiniones acerca de las excelencias borbónicas: vivimos en una república coronada. ¡Toma tomate! La frase publicitaria nos aherroja aún más en el posibilismo fundacional de vuelos cortos del sistema español. Esta democracia nació limitada, se desarrolló con limitaciones y ojito con saltarse los límites impuestos por las elites hegemónicas.
Supondría craso error quedarse en críticas de baja intensidad a la institución monárquica. Todas son ciertas y más que evidentes: viven de puta madre, utilizan (porque así lo quiere el establishment) el erario público para solazarse a su antojo y, además, desde la irresponsabilidad más absoluta (lo dice la Constitución, ¡eh!). Los Borbones no pueden ser imputados por la vida que llevan ni por las barreras políticas e ideológicas que les mantienen en la burbuja de cristal, mientras sus súbditos-ciudadanos permanecen suspendidos a divinis en su libertad de darse, no mediante otorgamiento plebiscitario de príncipes legisladores, un esquema estatal más acorde con los tiempos laicos y posmodernos que hoy corren por nuestras venas. El Rey no debe ser encausado ni por nada ni por nadie, pero sí la Constitución.
El mito borbónico es anacrónico y paralizante, un símbolo de otras épocas para sedar la capacidad de autodeterminación colectiva popular. Desde que Juan Carlos I inauguró la democracia, se ha querido convertir a la institución que representa en el Bien inefable por antonomasia, campeón contra la asonada del 23-F, primus inter pares del sistema mezclando a sus descendientes con sangre plebeya y adelantado de las españas autonómicas como marca de referencia para vender mejor un refrito de españolidad en esa globalidad tan competitiva y depredadora que hoy habitamos todos (o casi todos). Cada faceta apuntala un aspecto peculiar del mito. Es Bien porque mora en la cúspide (nobleza obliga); estuvo ahí (¿dónde?, porque aún no se ha escrito un estudio riguroso sobre el golpe de Tejero y Cía, el asunto continúa siendo tabú, ¿qué mito no se nutre de interdicciones tácitas?); en Él somos todos (su familia contiene ya sangre del común), y por último, sirve de enseña útil y versátil para ese sueño de imperialismo tardío de mediana potencia con ínfulas de grandeza en el que las principales firmas transnacionales españolas procuran hacerse un hueco felino en la globalización actual. El Rey, a pesar de lo dicho, sigue sin tener culpa de nada. Y es verdad, no es ironía.
El asunto que nos ocupa es de mayor complejidad. Desde el punto de vista estético, la monarquía española ya no resiste ni los posados demodé de Marivent ni los mensajes elcorteinglés navideños ni las caminatas en medio del fervor callejero de papel cuché. Los expertos en imagen están convirtiendo a la familia real en la más irreal de todas, un conglomerado de recortables pijos en náuticos y piel tostada julioiglesias, que más se asemeja a una estampilla de nuevos ricos horteras en busca de un eldorado de mismisidad (un lugar en el mundo coherente) imposible de fijar en sus impolutas sonrisas dentríficas. El babeo generalizado de los medios de comunicación forma parte de ese escaparate cutre que a fuerza de idiotez instantánea quiere mantenernos a raya, en la anomia democrático liberal, ese cuadrilátero ficticio en el que lo probable y lo posible son las dos caras de la única moneda de curso legal. Los Borbones, repito, no son ya responsables ni de sus posados orgánicos (nevados, campechanos, etc) , habría que reclamar a una renovada Constitución que los pusiera en el sitio que merecen, a pie de calle, en un piso de hipoteca, luchando en la precariedad laboral, como la inmensa mayoría…
En cuanto a la perspectiva política, la realeza hispana aún juega un papel fundamental como prenda indispensable de las componendas alicortas del posfranquismo de caña y tapa urdidas en el bar de la esquina. La derecha montaraz la impuso como pin reconocible entre el fardo de su pasado y su continuismo irredento, mientras que la izquierda contemplativa (PSOE) y la eurocomunista domesticadora (Carrillo y acólitos reconvertidos en lobby residual de lo que pudo haber sido y no fue) la acogieron e impulsaron en nombre de la realpolitik acojonada que dejó a la clase trabajadora de este país de países con la cara partida en mil pedazos por los Pactos de la Moncloa y el alma emasculada después de haberse fajado por una democracia popular participativa (y republicana), que en esos precisos momentos era mejor estacionar sine die en aras de un consenso canalla a la baja y sin el concurso activo de los movimientos sociales progresistas. La Monarquía constitucional es el sello a sangre y fuego de la derecha inteligente con la izquierda cobardica, por tanto desalojarla de sus dominios es tanto como poner en solfa el manido consenso, la simpática transición, los intocables Pactos de la Moncloa, la reconversión industrial por la espalda, la entrada mentirosa en la OTAN y tantos otros fetiches y objetos de culto de este territorio al Sur de los Pirineos y al Norte de África.
Cuestionarse la Monarquía juancarlista no debiera ser jamás motivo para que los fiscales generales de turno o de tropa sintieran la ineludible necesidad de lanzar a sus huestes en rescate del interés colectivo. La chusma ya es pueblo, y a diario ve vulnerados sus derechos cívicos constitucionales a diestra y siniestra sin que nadie se acuerde de su maltrecha suerte. Ya que en esta piel de toro encogida nada se mueve desde hace tiempo de modo original y transformador, bienvenidos sean los enganchones radicalrepublicanos contra la Transición Oscura y su Símbolo Real… Tal vez ayuden a provocar debates inconclusos y abrir cauces imaginativos a la democracia que nos contiene, en sentido fuerte y figurado.
Pese a lo expuesto hay que tener muchísimo cuidado con veleidades ligeras que pretendan dar un jaque al rey sin utilizar argumentos democráticos sólidos. España como conflicto no es un problema facilón que se resuelve ni en éste ni en reyes ni reinas sucesivos. España como problema a resolver requiere una participación activa de sus gentes, hoy dormidas en los laureles de un consumismo trepidante de emociones etéreas y varadas en la pugna cotidiana contra la precariedad laboral. Abdicar en el pueblo sería la solución más rápida y menos gravosa, pero por reducción al absurdo no conseguiremos que los políticos, empresarios y sindicalistas (y sus hijos putativos) enfangados del consenso de la transición pseudopactada entonaran el mea culpa y pidieran la jubilación anticipada que a su juicio tan meritoriamente se han ganado. El problema real no es la Monarquía sino sus rinocerontes institucionales y las ideologías conservadoras que le ofrecen aliento bastardo. No perdamos el juicio ni la razón dando cobertura a charlatanes fariseos que solo buscan sensaciones que vender o mistificar la realidad para sacar provecho electoral de ella. Ojo avizor.
Machete al anarcomacho
Hace 12 años

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