Se ha ido. A tientas regreso sobre mis pasos, acariciando el rastro de sus presencias. La primera ojeada al espacio, la mirada clavada en el espejo.
Las inercias me pueden, pero pugno contra las costumbres enraizadas. Me detengo en una reflexión fortuita. No le doy importancia alguna. Un rictus natural quiere convertirse en sonrisa. Pequeños detalles se agolpan en la puerta de las rutinas.
Entro en la cocina. El reloj persigue impertérrito la misma trayectoria de siempre. Más acusadas, las sombras rivalizan con el blanco inexpresivo de los azulejos. No sé qué hacer. Me dejo transportar.
Resuena la música consabida: adaptarse es morir en vida. Un ruido de la calle me saca de mi solipsismo enigmático. Es la cartera. Aguzo la escucha, quizá llame. Concentro toda mi atención en una posibilidad aleatoria. Tic tac.
El mundo parece situarse al alcance de mis deseos. Este momento es naturaleza muerta. Solos el tiempo y yo, una inmensidad que gira muy despacio. Oigo un respirar leve, acompasado. Está cerca y lejos. No soy yo, es el otro, un misterio que integro en mis entrañas.
Intento dar sentido a esta planicie difusa. La cafetera se ha enfriado. Quizá llueva, el cielo vive la duda en un gris tenue.
Los alrededores avanzan. Se trata de una emoción difícil de expresar. El momento es sutil, tejido de seda. Todo parece estar en sus sitio; la quietud resulta deslumbrante. Relámpagos de adentros muy profundos.
Se impone no volver atrás. A pesar de ello, cada ráfaga es una brisa contraria plagada de recuerdos y fetiches. Se instala múltiple y paradójica: movimiento siempre in crescendo, descensos suaves, vueltas y más vueltas sobre un sí mismo de contornos casi imperceptibles.
Me dejo ir por las palabras, que brotan como diminutos esquejes independientes. Otra vez los objetos se apoderan de mi mente. Una vaga e inconcreta conciencia universal se adueña del propósito sin bordes. Atisbo una violencia creativa en cada composición aleatoria: bodegones de cerámica en el fregadero, una columna de rebanadas de pan tostado, el cenicero rebosante de restos frescos de tiempo ya consumido.
Entre tanto desamparo imprevisto, tal vez necesario, estiro los músculos, atempero los nervios, y me ofrezco una calada honda de suspiros. Observo mis manos, residencia a la intemperie de millones de años de evolución paciente. Los sentimientos abren las ventanas de mi ser, vanos casi microscópicos por donde huyen esquirlas que se confunden con el todo.
El relato reincide cosido a la precariedad de un segundero ajeno a mis cuitas personales. No tiene sentido recurrir a interrogantes complejos. Los adjetivos precisos no guardan ningún significado oportuno. La prisa no existe.
Para probar la condición inasible del tiempo he subido y bajado las escaleras varias veces. El devenir toma forma en el círculo apenas soñado. Se repiten los trayectos, hasta la fugacidad más nimia me saluda como a un viejo conocido.
Es muy fácil transitar entre olas de algodón y nubes ondulantes. Tengo la íntima seguridad de estar mojado por acontecimientos improbables dentro de densos silencios. Regreso y partida van de la mano.
La sucesión de ahoras no tiene fin. Oteo una reunión de llamas en flor, de sonrisas provocadoras y de laberintos unidos por un horizonte compartido: no llegar a ninguna parte. El tesoro fugitivo es un duende a la vista, una suerte de sastrecillo valiente confeccionando tálamos insignificantes para descanso y solaz de consistencias evanescentes, sustancia pura, materia incorruptible, aromas punzantes, sortilegios eróticos y encantamientos que se autodestruirán en el aire como pompas de jabón. En esas explosiones inconmensurables me acomodo. Ellas me reconfortan y me hacen cosquillas de sabores perpetuos.
Un rayo de sol apuñala la mañana. Mi no sé qué se pone de parte del cielo gris. Incondicionalmente. No tengo que entornar los ojos para ver con nitidez la radiante oscuridad que me rodea, una tiniebla cálida y dulce, un vaivén muy próximo al precipicio, a la libre caída por el tiempo sin suelo y el vacío sin retorno.
Este alud matinal está plagado de alientos anónimos y secretos indescifrables. Ha sido una caminata de improvisaciones en blanco y negro y de matices en gris.
Ella se ha ido. De repente, la oscuridad diáfana. Se ha ido la mañana. Me he quedado a solas con mi luz interior. A solas con el tiempo.
Machete al anarcomacho
Hace 12 años

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