Estabas acurrucada en la penúltima página de un libro de historia
muy próxima a un punto y aparte.
Me llamó la atención tu mirada, un fulgor sin apenas importancia.
Faltó casi nada para que doblase la esquina, un leve impulso,
pero me eché atrás a cambio de un instante de esperanza.
Escuché tu silencio y seguí el relato
donde el anónimo pusiera, por último, yo escribí, entonces,
también troqué desiertos por contradicciones
uní pronombres personales
consideré oportuno, además, desnudarte de prejuicios,
que tus labios se atrevieran a barro
y tus manos encalleciesen de fuego,
que tu mente se poblara de rescoldos
y que murieses de pronto.
Así naciste a la leyenda sin nombre
dando alma a un paisaje informe.
Lo que queda de ti son palabras sueltas,
quizá, silueta, herida, volátil...
Machete al anarcomacho
Hace 12 años

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