Pensando en Aminatou Haidar
Aunque la muerte vende bien, no siempre es noticia de portada. La muerte pública hay que saber administrarla en cuantos adecuados. Por exceso de dosis podemos provocar un aquelarre peligroso que haga saltar los mecanismos inhibitorios de control social; por defecto, la muerte pasaría desapercibida y no surtiría el efecto adormidera colectivo que se pretende. En sus justos términos, la muerte ajena es un alucinógeno ideal que permite sobrellevar las penas con mejor donaire y mayor resignación.
Ni en la muerte somos iguales. Los pobres de solemnidad se van por sentencias inapelables. Guerras, hambre y enfermedades hacen de su viaje fatal no deseado muertes feas que repelen al educado paladar de la civilización occidental. Nadie se acordará de ellos (los pobres inmundos) porque nadies han sido en vida. Sus deudos no tienen tiempo que perder, la muerte ya les está llamando... Esas muertes anónimas fueron grey en vida y masa informe son del olvido. Sus muertes no tienen estética posmoderna, son antihigiénicas salvo cuando son aprehendidos individualmente in itinere en su rictus de dolor supremo, convirtiéndose entonces en objeto de arte a nuestra mirada ávida de acontecimientos singulares. Su mueca pre-mortem y su lividez post-mortem cobran de súbito valor estético. ¡Es tan lejana la muerte de los otros y tan nuestra la emoción humanitaria doméstica!
En cambio, la muerte se atavía de seda majestuosa cuando tu trabajo o quehacer profesional es iluminado por los potentes proyectores ideológicos de los medios de comunicación. Esas muertes de perfil alto dejan estela y son ejemplares. Traspasan nuestro corazón en un ejercicio de empatía paradójico, morimos en su éxito y resucitamos en un solo acto en nuestra cínica solidaridad de consumidores pasivos. Esos óbitos individuales, más allá del valor intrínseco de la obra vital legada por el finado excelso, nos movilizan el sentimiento como si de nuestra propia muerte se tratara, la que nunca viviremos para nuestra desgracia morbosa. Pese a que el muerto de postín se encuentre a años luz de nuestra clase social y de nuestras fatigas cotidianas, e incluso esté situado en las antípodas de un proceder ético consecuente, su canto de cisne difumina nuestro entorno familiar, nublando a la vez la realidad social que nos contiene. La muerte arrastra a las masas anulando su pensamiento crítico, al tiempo que les hace partícipes in péctore de un cortejo indiscriminado unido por el dolor inconsciente cercano a la parálisis cerebral. La muerte emociona y conmociona, y no da que pensar. Es un hecho incontestable.
Pero lo que no deja ver la comitiva fúnebre son los alrededores interesados de la muerte. Morir no es un suceso neutro. Unos mueren despeñándose de un andamio o en la precariedad laboral ante la quietud negligente de politicastros, pistoleros y negreros sin escrúpulos. Algunos entregan su no vida al proceloso ponto. Todos ellos/as son los otros sin valor personal. Luego estamos nosotros (nosotras estamos a lo que quiera el machismo sedicente). Somos los que morimos de viejos estacionados en una residencia privatizada o de hastío existencial o como héroes mediáticos gran reserva, muchos de estos últimos hijos e hijas del pueblo llano encumbrados a la fama por esas cosas del destino (o del mercado ciego gloliberal).
También los hay en este primer mundo que mueren al resguardo de la necrofagia mediática: son los demiurgos que mueven los hilos invisibles del gran teatro de la globalidad, esto es, banqueros, grandes empresarios y gurús encantadores de serpientes a sueldo. Ellos buscan en vida la discreción dolosa como parapeto seguro para sus copiosos caudales y al silencio vuelven como para todos debiera ser el eterno retorno, en privado y con el máximo respeto. Morir bien sigue siendo un privilegio vedado a los muertos de hambre y a los sin tierra. Rip.
Aminatou: te queremos aquí y ahora mismo. Necesitamos tu libertad, tu inteligencia, tu compromiso, tu sensibilidad y tu coraje. Tu vida nos hace más dignos.
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Hace 12 años

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