viernes, 25 de diciembre de 2009

Querencias y oquedades

No existiríamos sin la distancia. En recorrer lo inefable, lo que nunca tendrá nombre, reside la esencia del ser humano. Cualquier palabra que se atreva a retar a la distancia está condenada al fracaso glorioso e inútil del heroísmo. El mito nos habita, el mito siempre responde. Modificamos el mito, pero la distancia permanece idéntica a sí misma.

“Mientras” es la única palabra real en sentido estricto del lenguaje humano. Todas las demás son tributarias de ella. Todo lo que sucede, acaece en su complejidad huidiza. Mientras escapamos, más nos adentramos en su misterio amoral. Nada acontece sin su presencia-ausencia. ¡Curiosa realidad la nuestra que transcurre en la quietud de la irresponsabilidad absoluta!

Adoptar un punto de vista original requiere previamente haber sellado un pacto perpetuo de tú a tú con la muerte. Es la única forma posible de adquirir la inmortalidad. Pero hay que tener muy presente que la inmortalidad no es la puerta de entrada ni al placer sensual ni a la felicidad fuera del tiempo. Entrar en la inmortalidad sólo otorga derecho a instalarse en la serenidad de la indolencia. Ser inmortal produce un dolor inmenso.

Hay demasiadas palabras, y casi siempre nos falta una para expresar fielmente lo que queremos decir. No se trata de una palabra en concreto, sino de esa palabra que todavía no hemos inventado. Por tanto, todos nuestros pensamientos son incompletos, inexactos y aproximados. Imaginar palabras nuevas es nuestro destino y la utopía nuestra deriva más sabia e inteligente.

Ética y conocimiento son conceptos hostiles si comparten el hábitat de la competencia. La ética sin aditivos ni colorantes exclusivamente puede decir que todos somos iguales; las éticas pensadas ad hoc son meras adaptaciones al medio y a las circunstancias. El conocimiento, por su parte, es el fin del ser humano, estamos aquí para acercarnos a lo ilimitado e infinito. La ética debiera ser inmóvil y constante, todo lo contrario que el saber.

La falacia más grande que ha urdido la especie humana se resume en la frase “todo es posible”. Ahí yacen millones de millones de cadáveres, de vencedores y de vencidos. Ha sido el abono más putrefacto y fructífero que podamos haber imaginado desde nuestra aparición en la Tierra. El ser humano ha creado un mito a través de su sombra; el ser humano es un grito que se descompone irremisiblemente. Somos tan vulnerables que nada resulta imposible para aquél que siempre está huyendo de sí mismo. De hecho, somos delincuentes en un mundo que nos hemos apropiado por la tremenda, a bocados de hambre salvaje.

Los argumentos que buscan la verdad jamás terminan el círculo. Incluyen en su cuerpo contradicciones y paradojas, en suma, son imperfectos. En ellos hay algo que nos mueve a desconfiar de su coherencia interna y que nos incita a seguir pensándolos y a contrastarlos con la praxis pese a que salgan despedidos en mil pedazos de la realidad imperante. Cuando un pensamiento no nos ofrezca ninguna duda, está viciado de interés oculto. Tal vez se trate de un eslogan publicitario, de una doctrina ideológica o de una decisión política coyuntural, lo que en cualquier caso viene a ser lo mismo, una compraventa encubierta.


Donde la tolerancia calla, se hace más fuerte el poder de unos sobre otros. La tolerancia que humilla desde las alturas de la inteligencia calculadora convierte en más poderoso al fuerte, aborta el conflicto latente y deja sin argumentos a la parte más débil. Sin embargo, existe una tolerancia activa que expresa sus motivos de disconformidad y se expone al escrutinio público, impidiendo que las raíces de la intolerancia crezcan a su antojo. A la intolerancia sibilina la mueve el silencio cobarde; la dignidad, en cambio, es el motor ético de la tolerancia transformadora.

¿Dónde acaban las miradas? ¿Veremos algún día el punto de no retorno de nuestras miradas perdidas? A veces los pensamientos son como estrellas fugaces, pero es que el olvido no es más que una entelequia inconsistente de desechos incomprensibles. ¡En una mirada viajan tantos pensamientos irrecuperables! ¡Tantos sentimientos convertidos en basura! ¿Sería factible recuperar el olvido?

Ocupamos el tiempo porque nos parece nuestro territorio natural. Decimos el “tiempo pasa” y hacemos recuento de acciones y objetos. Toda secuencia es tiempo perdido. Lo único que nos queda es la memoria; el futuro no es más que apetito de memoria. Recordar define al ser humano.

Nos mueve la necesidad. Estamos cercados de necesidades imposibles de saciar, y matar es la curiosidad básica del ser humano. Con cada muerte ajena nos hacemos más infantiles e invulnerables. El prójimo es la alteridad que puede morir por nosotros, y sustenta nuestro equilibrio inestable. Derrotar a la necesidad es triunfar sobre la cultura. La humanidad siempre se resiste a ser completamente humana.

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