miércoles, 9 de diciembre de 2009

INDIVIDUX

Según Karl Polanyi, el culto a la personalidad lo comienza Hesiodo en su obra Los trabajos y los días. Aquí se registra la ruptura histórica entre la economía de subsistencia tribal y el búscate la vida con el sudor de tu frente sin redes sociales del capitalismo que se iría desarrollando con posterioridad de la mano de la propiedad privada tanto económica como intelectual.

El Génesis bíblico profundiza esa quiebra trascendental al obligar al hombre a ganarse el pan diario en competencia con los otros y a la mujer a parir con dolor (y a solas, como hecho personal imposible de compartir con nadie). La división entre las tareas de reproducción de la vida (ellas) y la producción del sustento vital (ellos) resulta evidente. Lo interior queda para ellas (el calor del hogar, la quietud de los valores tradicionales), mientras para ellos se reserva en exclusiva lo exterior (el mundo excitante, la aventura del movimiento).

El yo aislado se hace omnipresente paso a paso en su versión masculina por excelencia: la guerra contra todos, la virilidad de lo trágico... En este itinerario de segregación creciente, el género novela occidental acentúa ese camino hacia el individualismo competitivo y el soliloquio del talento autorreferencial, transformando a la mujer en objeto de deseo y fetiche de prestigio. El yo se ahorma en un sí mismo autónomo y precario. La narrativa grupal y cooperativa cede el testigo al relato personal y elitista. Son reconocidos como artistas todos aquellos que dominan el discurso del yo.

A grandes zancadas llegamos a la psicología, un producto esencial de ese trayecto a las inmensidades telúricas del yo. El yo necesita explicarse, hallarlo, clasificarlo, entenderlo, diseccionarlo… y condicionarlo (conductismo). Con Freud, el yoísmo alcanza la categoría de ciencia tumbado en el diván, convirtiéndose al tiempo en religión de autoayuda para masas neuróticas (terapia mediante el psicoanálisis).

La fase actual es una agudización del imperio del yo. Fuera del yo consumista de novedades similares no hay más que fracaso, desierto, nada... El currículum vitae es el paradigma concreto de ese yo absoluto y celoso de la mirada del otro. Sin currículo la existencia es un mero devenir por los márgenes de la sociedad. Quien no tiene un certificado que acredite la autoría de su diferencia esencial (símbolo circular de lo idéntico), nada es, nada puede aportar, nada tiene que vender. Esta agudización crítica anuncia un futuro aún más radical y dramático: el yo dejará incluso de pertenecernos hasta transmutarse en un frío código de barras. Si no lo remediamos regresando al teatro de la plaza pública, el suicidio inducido del yo por anemia socioexistencial está al caer. Para evitar este abismo hay que recuperar la personalidad escindida del yo en un nosotr@s integrador. O esto o embarcarse con el yo a un viaje sin retorno hacia la soledad del silencio.

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