Decía Antonio Machado: “todo necio confunde valor y precio”.
Hay mucho de verdad y una gran profundidad en la frase; un valor y una profundidad que hoy, queremos rescatar, precisamente porque, cuando acaba de ponerse de manifiesto cómo la lógica exclusiva de los mercados, que son los que definen los precios, está llevando no sólo a la economía, sino a la sociedad, al trabajo, a las personas, a una situación límite, creemos necesario y urgente restaurar el discurso de los valores.
Vivimos momentos “de precipitado histórico”. Momentos en los que la actuación política precisa más que nunca de su articulación en un sistema de valores, y éste a su vez, de su imbricación, de su vitalización social, lo que es tanto como decir que urge la reconstrucción del discurso ético tanto como la deconstrucción del discurso cínico.
Pero esa reconstrucción, para serlo, necesita de múltiples referentes sociales, de un auténtico proceso de intercambio de ideas, de generación y acumulación de conocimiento en el que se expresen y objetiven los intereses de la clase trabajadora, de los distintos agentes que articulan el hecho social, y de su sincero compromiso de futuro.
Un compromiso que es, al propio tiempo, un auténtico reto, como es el de ser capaces de incorporar un vector de racionalidad social en este escenario, sin duda muy complejo, de indudable gravedad, y que requiere soluciones ancladas en la inteligencia, sí, pero también en la ética; en la eficacia, pero también en la solidaridad.
Un reto que requiere anteponer el “nosotros” al “yo”, que requiere una mayor socialización del conocimiento, que requiere no perder de vista la vinculación cada vez más exquisita que tiene que existir entre lo concreto y lo general, entre lo individual y lo colectivo, entre pensamiento y acción, entre cultura y trabajo.
La cultura superior, decía Marcuse, existe todavía. Es más asequible que nunca; se lee, se contempla y se escucha más ampliamente que nunca; una cultura a la que la lógica de los mercados ha querido relegar al terreno de lo personal, de lo subjetivo, de lo emocional, convertirla también en mera mercancía, en objeto de consumo, ha querido, en fin, desencarnarla de aquello que le da sentido, que le proporciona valor, de aquello que la define, precisamente, como “cultura superior”: su consideración eminente como hecho social, su potencial emancipador y crítico, su potencial creador.
Del mismo modo, la reducción del trabajo a su precio, a su componente estrictamente mercantil, despojándolo de todas sus componentes de carácter social, empezando por el intento poco o nada disimulado de desmembramiento y desarticulación de las propias relaciones laborales, de la fragmentación y segmentación de la propia clase trabajadora, no hace sino enajenarlo de su valor social, negar su capacidad transformadora (por otra parte evidente), y, por ende, infiere la misma mutilación, la misma enajenación, a los propios trabajadores y trabajadoras.
Devolver el sentido social a la cultura y al trabajo es restaurar su valor; pero no sólo eso; es restaurar también una unidad intencionalmente quebrada: la de cultura y trabajo, pensamiento y acción. Es restaurar también la tensión entre lo que es y lo que debe ser, dejar espacio para la transformación, para los mundos posibles, dejar espacio, en fin para el futuro.
Machete al anarcomacho
Hace 12 años

No hay comentarios:
Publicar un comentario